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martes, 24 de septiembre de 2013

El pueblo estadounidense y su oposición al ataque militar contra Siria

La paz continúa siendo una posibilidad remota en Siria, mientras la guerra civil en el país se intensifica. De momento se ha impedido la terrible eventualidad de un ataque estadounidense, evitando así un empeoramiento catastrófico de la crisis en Siria. La población estadounidense ha salido a defender la paz y, por una vez, los políticos escucharon. Ciudadanos estadounidenses de todo el espectro político se opusieron a un ataque militar de Estados Unidos. Los miembros del Congreso, tanto demócratas como republicanos, recibieron una avalancha de llamadas telefónicas y correos electrónicos en los que se los instaba a votar en contra de autorizar un ataque militar.

Los medios atribuyen al Presidente ruso, Vladimir Putin, el mérito de haberle lanzado un salvavidas al Presidente Barack Obama, que le permitió recurrir a la vía diplomática para postergar el ataque que había planeado. Sin embargo, si no hubiera sido por la oposición de la población estadounidense a un ataque militar, Obama no hubiera necesitado ni hubiera considerado una solución alternativa a la guerra.

El 4 de septiembre pasado, durante la declaración del Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, en la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, activistas opositores a la guerra del grupo Code Pink se sentaron detrás de él y permanecieron en silencio con las manos alzadas pintadas de rojo, para simbolizar el derramamiento de sangre. Kerry afirmó: “Me acuerdo de Irak. El Secretario Hagel y yo éramos senadores en ese momento y tuvimos que votar. De modo que ambos hacemos especial hincapié en que nunca más se solicite a un miembro del Congreso que vote sobre la base de información incorrecta. Y es por eso que nuestro equipo de inteligencia se tomó su tiempo, y es por eso que el Presidente se tomó el tiempo de verificar los hechos del caso y de desclasificar una cantidad de información sin precedentes para revisar bien las pruebas y presentar los hechos a la población estadounidense y, especialmente, al Congreso”.

Días antes, Kerry utilizó el verbo “saber” alrededor de 30 veces durante su discurso de apoyo a la guerra contra Siria: “Hay cosas que sabemos y de las que podemos hablar públicamente. Entonces, ¿qué sabemos realmente como para poder hablar? Bueno, sabemos que el régimen de Assad tiene el mayor programa de armas químicos de todo Oriente Medio. Sabemos que el régimen ha utilizado esas armas muchas veces este año. Y que las ha utilizado a pequeña escala y las ha utilizado contra su propia población, no muy lejos de donde ocurrió el ataque del miércoles. Sabemos que el régimen tenía como objetivo específico quitarle a la oposición el control de los barrios periféricos de Damasco y estaba decepcionado por no haberlo podido lograr. Sabemos que tres días antes del ataque el personal de armas químicas del régimen sirio estuvo en el lugar haciendo preparativos. De modo que ahora que sabemos lo que sabemos, la pregunta que todos debemos hacernos es qué haremos al respecto”, afirmó Kerry. Su discurso se parece mucho a una declaración que realizó Donald Rumsfeld durante una conferencia de prensa antes de la guerra de Irak, cuando sostuvo: “Hay cosas que sabemos con certeza. Es decir, hay cosas que sabemos que sabemos. Existen incertidumbres conocidas. Es decir, hay cosas que sabemos que no sabemos. Pero también hay muchas incertidumbres desconocidas, hay cosas que no sabemos que desconocemos”.

Como dijo Abraham Lincoln: “Se puede engañar a todo el mundo durante algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Tras doce años de guerra en Afganistán e Irak, miles de muertos, decenas de miles de mutilados y billones de dólares gastados, la población estadounidense no aceptará el discurso ensayado de un funcionario público como motivo suficiente para ir a la guerra. Los ciudadanos del Reino Unido también se expresaron y presionaron al Parlamento de su país para que votara en contra de un ataque militar. Tras la votación, Edward Miliband, líder del Partido Laborista y presidente del bloque de la oposición en la Cámara de los Comunes, declaró: “Creo firmemente en la necesidad de una respuesta severa al uso de armas químicas, pero también creo en respetar la voluntad de la Cámara de los Comunes. Esta noche queda claro que, al no haberse aprobado la moción en la Cámara, me queda claro que el Parlamento británico que refleja la opinión del pueblo británico, se opone a un ataque militar británico. Entiendo el mensaje y el Gobierno debería actuar en consecuencia”.

Consideremos, por un instante, los hechos: el régimen de Bahsar al-Assad está siendo acusado de haber perpetrado un ataque atroz con armas químicas el 21 de agosto en la localidad de Ghouta, en las afueras de Damasco. Llamativamente, un equipo de inspectores de armas químicas de las Naciones Unidas había viajado a Damasco justo tres días antes del ataque. Su misión era la de investigar las acusaciones de ataques anteriores con armas químicas en las localidades de Khan al-Assal, Sheikh Maqsood y Saraqeb. El Secretario General de la ONU, Ban ki-Moon, ordenó finalmente al equipo que investigara el ataque en Ghouta y, tras largas negociaciones con el Gobierno de Assad, se permitió a los inspectores de armas a realizar su trabajo.

En su informe de 40 páginas, los inspectores explican que hay “pruebas claras y contundentes de que se utilizaron misiles tierra-tierra que contenían el agente nervioso gas sarín”. El informe no indica quién lanzó los misiles, pero los inspectores pudieron examinar los restos de varios de los cohetes utilizados. El equipo, encabezado por el especialista en armas químicas sueco Ake Sellstrom, realizó una labor rápida y rigurosa en circunstancias muy difíciles (fueron atacados por un francotirador cuando se dirigían a Ghouta).

En Ghouta se cometió un crimen de guerra. Kerry afirma “saber” que fue Assad. El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, replicó: “Tenemos información suficiente para creer que fue una provocación”, lo que da a entender que los rebeldes sirios perpetraron el ataque para lograr que Estados Unidos interviniera en su lucha contra el régimen de Assad.

Se han logrado muchos avances gracias a los acontecimientos de esta semana. Siria aceptó colocar su arsenal de armas químicas bajo control internacional. Irán, que apoya firmemente al régimen de Assad, tiene un nuevo presidente, Hassad Rouhani, que viajará a Nueva York la semana próxima para pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se prevé que pronuncie su discurso el mismo día que el Presidente Obama. Lo que es más importante, es probable que Rouhani y Obama mantengan un encuentro cara a cara, en lo que sería la primera reunión entre presidentes de Estados Unidos e Irán desde 1979.

La terrible tragedia que azota Siria y la persistente oposición de la población estadounidense a un ataque militar contra ese país podrían dar lugar a una paz más amplia en Oriente Medio.

(Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org)

- Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 750 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 400 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2013 Amy Goodman

lunes, 16 de septiembre de 2013

11 de septiembre de 1973, memoria de Ariel Dorfman: "El día en que todo cambió"

Por Ariel Dorfman *

Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi amigo Claudio Jimeno.

Lo recuerdo ahora tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él en vez de ensañarse conmigo.

Nos conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte. Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.

Como millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones presidenciales de 1970.

Los sueños y la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.

Ya a mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.

De manera que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes 10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9 de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían al crepúsculo.

Claudio asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque, ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.

Y entonces quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto, convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad. Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.

El destino de Claudio prefiguró el de su país.

Nos aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país reclama.

Si bien aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo el mundo.

El legado más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo), acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al “problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto Pinochet de Chile”.

Afortunadamente, Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil, conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su sacrificio no fue enteramente en vano.

Y, sin embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de septiembre de 1973.

Al día siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno más uno.

Esa es la historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar, como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.

Claudio Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.

* Escritor chileno. Su último libro es Entre sueños y traidores: un striptease del exilio.


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