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miércoles, 2 de octubre de 2013

De la primavera al otoño árabe

La generalizada oposición que afrontó el bombardeo a Siria obligó a Obama a cancelar el operativo. El pretexto de las armas químicas no alcanzó para crear el clima belicista que exigía esa acción. Por eso el gendarme -que ostenta un insólito premio Nobel de la Paz- aceptó la propuesta rusa de instaurar un control internacional sobre el arsenal. Pero las inspecciones en Damasco requerirían un despliegue de tropas que nadie quiere enviar y un complicado proceso de traslado de armas que todos descartan.

El rechazo al bombardeo fue contundente dentro de Estados Unidos. Las encuestas ilustraron el descreimiento de la población, luego de la estafa sufrida con las armas de destrucción masiva de Irak. Tampoco funcionaron las imágenes del sufrimiento sirio que difundieron los medios.

Ya es sabido que las incursiones de “protección humanitaria” no se circunscriben a objetivos militares y afectan a la población civil. Hay cierto desgaste del discurso hipócrita que propaga el principal proveedor mundial de sustancias químicas. Estados Unidos encubrió recientemente el uso de fósforo blanco por parte de Israel en Gaza y es culpable de Hiroshima y de los mutilados de Vietnam.

Obama tampoco logró la cobertura de Naciones Unidas para disfrazar su matanza con normas de derecho internacional. Las invasiones que ampara ese organismo nunca son resueltas por la “comunidad internacional”. Invariablemente emergen de algún contubernio entre las cinco potencias con derecho a veto en el Consejo de Seguridad.

Los socios tradicionales del sheriff global se negaron esta vez a repetir el acompañamiento aportado a las invasiones de Irak, Afganistán y Libia. En el G 20, Estados Unidos sólo obtuvo el apoyo de Francia, Turquía y Arabia Saudita, frente al llamativo rechazo de Alemania y el repliegue de Inglaterra.

Pero la suspensión del bombardeo constituye tan sólo un episodio de la contraofensiva imperial en Medio Oriente. Debe lidiar con la pérdida de varios dictadores y el deterioro de gobiernos adversarios que garantizaban la estabilidad regional. Estados Unidos busca contener a sus rivales, aplastando al mismo tiempo todas las expresiones de resistencia popular.

En una región explosiva se han intensificado las disputas entre los imperios, los sub-imperios, los emiratos y las castas militares por la apropiación del petróleo y el control de las rutas estratégicas. Pero las potencias occidentales, el islamismo reaccionario y los ejércitos represivos están conjuntamente embarcados en el entierro de la primavera árabe. Siria concentra estas múltiples dimensiones del problema.

Multitud de conflictos geopolíticos

En Siria se registró una sublevación con demandas democráticas semejantes a Egipto o Túnez y se formaron comités populares para exigir reformas políticas. Pero la respuesta oficial fue brutal y el conflicto derivó en una guerra civil con rasgos inter-comunitarios. Los yihadistas que se sumaron a la oposición elevaron el nivel de crueldad y el país quedó desgarrado en un mar de víctimas.

Este conflicto se agravó por el papel central de Siria en la región. Su gobierno es un aliado tradicional de Rusia, está asociado con Irán y se opone a Israel-Estados Unidos. Obama apoya a un sector de la oposición armada (ELS), pero maneja con cautela la entrega de armas, para evitar su captura por los yihadistas (Al Nusra, EIIL).

El presidente del imperio busca disciplinar a la enorme variedad de grupos opositores mediante un juego maquiavélico. No quiere repetir lo ocurrido en Afganistán, alimentando una fuerza de talibanes bajo la protección norteamericana. Destruir a un régimen adversario sin alumbrar otro Bin Laden es la gran dificultad que enfrenta Obama.

Para equilibrar ambos objetivos sostiene a la oposición cuando pierden terreno y la abandona cuando acumulan victorias. Es la política del desangre que ha explicitado un conocido estratega [2]. Obama justamente decidió el bombardeo luego de varios triunfos militares del gobierno. Ese resultado y no el uso de armas químicas fue “línea roja” que alarmó al imperialismo.

Pero la intervención fue también concebida como una advertencia a Rusia, que maneja una base naval en Siria y provee de pertrechos al gobierno. Se buscó retomar la ofensiva iniciada hace una década con el ataque a Serbia y el despliegue de misiles en Europa Oriental. Estados Unidos está empeñado en impedir el resurgimiento de su principal rival de la guerra fría.

Esta pulseada geopolítica tiene correlatos económicos directos. Rusia proyecta un gasoducto desde sus yacimientos hasta el Mediterráneo (South Stream), en competencia con el conducto promovido por Estados Unidos y los emiratos del Golfo (Nabucco). Siria está ubicada en el medio de estas redes, como un centro de pasaje y almacenamiento de combustible. Además, Rusia está directamente interesada en impedir la expansión de los islamistas en las ex repúblicas soviéticas que rodean sus fronteras [3].

También Turquía afronta serios dilemas frente al estallido de Siria. Actúa como la principal sub-potencia de la zona, alberga bases de la OTAN y promueve el debilitamiento de su vecino. Pero al mismo tiempo comparte con Siria la oposición a la independencia de los kurdos que habitan en ambos territorios. La guerra de Irak ya abrió el camino para el surgimiento del temido Kurdistán.

El bombardeo a Damasco constituía, además, un sustituto del postergado ataque a Irán, que continúa desarrollando una política nuclear independiente. Estados Unidos e Israel han saboteado esa economía, asesinado científicos y desplegado presiones diplomáticas para frenar el procesamiento del uranio. Pero no están en condiciones políticas de concretar el bombardeo a Teherán. El frustrado ataque a Siria era una advertencia a los Ayathollas.

Obama se disponía a repetir la “zona área de exclusión” que instauró en Libia para preparar la caída de Gadafi. Pero existen significativas diferencias con ese precedente, puesto que Libia no es un centro del ajedrez geopolítico internacional. Allí prevaleció la unanimidad imperialista, Rusia jugó un papel secundario, Irán no fue determinante y las potencias que financiaron a la oposición se repartieron amigablemente el petróleo. Las tensiones tribales al interior del estado libio nunca alcanzaron relevancia y los yihadistas no lograron prosperar frente al control impuesto por la OTAN.

El laberinto sirio induce a Estados Unidos a una intervención más cuidadosa. Esa cautela genera vacilaciones en las elites republicanas y demócratas que definen la política exterior e indecisiones en el Ejecutivo. Por eso el Congreso resistía el bombardeo, repitiendo el escollo que enfrentó Cameron en el Parlamento inglés.

El margen de acción norteamericano está recortado luego de la caída de los mandatarios fieles a Occidente (Mubarak, Ben Alí) y el colapso de sus sustitutos (Morsi). No es fácil restaurar el manejo imperial frente al eje de Irán-Rusia-Chiitas. Medio Oriente se está incendiando más que de costumbre y predomina el descontrol sobre sucesos imprevisibles [4].

Frente a estas restricciones Estados Unidos retomó las negociaciones con Rusia, para consumar una “transición” parecida al cambio de fachada concertado en Yemen, mediante el desplazamiento del presidente Saleh.

El régimen sirio navega en esta tormenta con su pragmatismo habitual. Choca con Estados Unidos pero participó en la primera guerra del Golfo. Confronta con Israel pero disciplina a los palestinos. Rivaliza con Turquía pero obstruye el Kurdistán. Durante mucho tiempo acantonó tropas en el Líbano para ordenar las fracciones en conflicto. Pero esta vez enfrenta una dislocación sin precedentes.

Yihadistas e islamistas

Arabia Saudita y Qatar financian a los batallones más activos de la oposición siria (FILS) y probablemente apuesten a una ocupación extranjera, siguiendo el modelo aplicado en el Líbano durante los años 80. Tienen intereses geopolíticos propios, influyen a través de Al Jazeera en la formación de la opinión pública y operan a través de vastísimas redes de caridad islámicas.

Las monarquías del Golfo intervienen, además, con un ojo puesto en sus propios países. Han reprimido todas las protestas, golpeando especialmente a los inmigrantes. Arabia Saudita despachó directamente tropas para aplastar a la mayoría chiita de Bahrein.

Pero las columnas yihadistas que desembarcaron en Siria (Jabat al Nusrah, EIL) recurren a una intimidación mucho más extrema, especialmente contra otras confesiones. Los cristianos -que ya abandonaron en masa Irak- ahora se escapan de Siria.

Los fundamentalistas son reclutados por todo el mundo árabe y conforman un tejido transfronterizo que se financia con diversos negocios. Se jactan de los asesinatos perpetrados en Afganistán, Bosnia, Chechenia e Irak y han decretado una guerra santa contra el laicismo, la acción sindical, los derechos de las mujeres y las conquistas democráticas. En las zonas bajo su control restauran códigos medievales de regulación de la vida social.

Los yihadistas cumplen una función semejante al fascismo de Europa. Conforman una fuerza internacional de terror que utiliza la religión para restablecer retrógradas jerarquías. Este rol fue visible por primera vez en los años 80 con la irrupción de los talibanes, que Estados Unidos financió en Afganistán para destruir un régimen progresista asociado a la URSS.

Con el auxilio directo del estado pakistaní, esos grupos destrozaron todos los logros de educación, transformación agraria y modernización cultural, que había introducido un gobierno de izquierda. Los talibanes se afianzaron posteriormente en Pakistán, creando una gran plataforma de islamización reaccionaria. De esta red surgió Al Qaeda [5].

Los yihadistas no sólo trasladan a Siria la guerra sectaria entre sunitas y chiitas que ya desgarró a Irak. También se perfilan como una atroz amenaza para la clase obrera. Basta registrar sus acciones en Túnez para notar la magnitud del peligro. Allí declararon una guerra abierta a la central sindical y asesinaron a un dirigente histórico de la izquierda (Chukri Belaid). Ese crimen retrató como ambicionan reconstruir el Califato sobre las cenizas de la organización obrera.

Túnez está en la mira de estas falanges por la vitalidad del sindicalismo y la izquierda. Allí se desarrolló la irrupción más radical de la primavera, cuando una rebelión de jóvenes auto-organizados tumbó el régimen policial de Ben Alí.

El islamismo reaccionario intenta destruir este despertar político que persiste en Túnez, luego de la victoria electoral de una variante moderada del islamismo neoliberal (Nahda). Esa corriente gobierna Turquía y gestionó Egipto durante el breve mandato de Morsi. Rechaza el terror, pero promueve una islamización incompatible con los anhelos democráticos de la población [6].

Eclipse palestino y auge fundamentalista

La gravitación de los yihadistas es paralela a la tragedia de los palestinos, que sufren la consolidación de la expansión colonial israelí. El gobierno sionista bombardeó varias localidades de Siria pero se ha manejado con cautela. Mantiene un status quo con su detestado vecino en la frontera del Golán, para taponar Gaza y extender la ocupación de Cisjordania. Israel quiere fortalecer su predominio, sin afrontar una caótica “libanización” de Siria. Está muy interesado en eliminar las armas químicas -que su contrincante acumuló para contrapesar el poder atómico israelí- y que ahora manejan los dos bandos de la guerra civil.

La estabilidad con Siria ha sido un ingrediente clave para impedir el surgimiento de un estado palestino en los últimos 20 años. Israel aprovecha los tratados con Egipto y Jordania (y la cobertura brindada por los convenios de Oslo) para reforzar su extensión territorial. Como no puede expulsar abiertamente a los palestinos, ni proceder a su limpieza étnica, proclama su vocación de negociar mientras multiplica las colonias.

Las áreas palestinas de Cisjordania se reducen diariamente. Fueron recortadas por un serpenteo de muros, perdieron las fuentes de agua y están sometidas a un hostigamiento militar que empuja a la emigración. Esta “des-arabización” ya se ha consumado en los alrededores de Jerusalén, mientras Gaza ha quedado convertida en un gueto de miseria y olvido [7].

La guerra civil en Siria permite legitimar esta silenciosa desposesión. Israel afianza entre su población la presentación de los árabes como “gente incivilizada”, que debe ser “tratada por la fuerza”. Este terrible mensaje contribuye a contrapesar el descontento social que el año pasado pusieron de relieve las marchas de 400.000 indignados [8].

Los palestinos no sólo sufren torturas, encarcelamientos, asesinatos selectivos y el probable envenenamiento de sus dirigentes (como Arafat). También están acorralados por los gobiernos militares e islámicos que sucedieron a Mubarak. El encierro de Gaza por los gendarmes egipcios es un atroz efecto de su sometimiento financiero y militar a Estados Unidos.

Israel también actualiza sus conspiraciones dentro del ámbito palestino. Incentivó primero a los islamistas contra OLP y promovió posteriormente una autoridad fantasmal contra el Hamas. La guerra en Siria induce a nuevas maniobras, puesto que Hamas abandonó su alianza tradicional con ese país, aceptó financiación de Qatar y tomó partido a favor de la oposición. En cambio Hezbolah apoya con acciones militares al régimen de Assad. La pertenencia a la vertiente sunita y a la Hermandad Musulmana en el primer caso, y la adscripción al eje chiita junto de Irán el segundo, han sido determinantes de estos alineamientos.

La expansión de los yihadistas en Medio Oriente está eclipsando la causa palestina como prioridad común del mundo árabe. Frente a una oleada confesional ha perdido centralidad el gran estandarte anticolonial de las últimas décadas. Este giro ilustra las dificultades que afrontan en la región los proyectos progresistas.

Mutaciones regresivas en Siria

El gobierno sirio reaccionó en forma brutal frente a los reclamos de su población. Estas demandas tienen la misma legitimidad que las exigencias del pueblo egipcio o tunecino. Son los mismos derechos enarbolados contra tiranos prohijados por Estados Unidos o enemistados con la primera potencia.

En Siria no se logró el triunfo alcanzado en los dos países que iniciaron la primavera. La represión fue más sangrienta. Incluyó disparos a mansalva, bombardeos de aldeas y asesinatos de familias. Los 100.000 muertos y millones de refugiados ilustran, además, el perfil intercomunitario que asumió el conflicto (aluitas, sunitas, chiitas, cristianos).

No es la primera vez que el país sufre este tipo de tragedias. En 1982 se perpetró una masacre contra las protestas en la región de Homs. Esos desangres también se registraron en el Líbano. Son represalias en gran escala que aparecen cuando los choques políticos-sociales se entremezclan con tensiones étnico-religiosas. Estos desgarramientos forman parte de la historia regional desde que Turquía masacró a los armenios a principio del siglo XX.

La conversión de una lucha democrática en una guerra sectaria -con sectores laicos dispersados a ambos lados de la trinchera- ha distorsionado el sentido inicial de la sublevación. También acentuó la dependencia de cada contrincante de su proveedor bélico externo. Esta injerencia obedece a intereses geopolíticos totalmente ajenos a las exigencias populares [9].

El régimen actual de Assad no guarda el menor parentesco con el viejo partido del Baath, que confrontó con el poder religioso para forjar un estado nacional aglutinante de todas las comunidades. Ese propósito se desvaneció con la degeneración dinástica, la corrupción de camarillas y el enriquecimiento de una burguesía que impuso el giro neoliberal de las últimas décadas [10].

Esta involución se asemeja a lo ocurrido con el régimen de Sadam Hussein. Compartieron originalmente el mismo tipo de partido político y desembocaron en la misma criminalidad de estado.

La comparación podría extenderse también a Gadafi, que debutó con proyectos de reformas sociales y concluyó comandando un gobierno de clanes mafiosos. Se arrepintió de su pasado panarabista, persiguió militantes, detuvo inmigrantes africanos y hostilizó a los palestinos. También buscó congraciarse con Occidente para asegurar los negocios de las compañías petroleras.

Pero el mayor antecedente de masacres perpetrado por un régimen de origen antiimperialista se localiza en Argelia durante la década pasada. Ese sistema político destruyó un legado de historia anticolonial sin parangón en el mundo árabe, a partir de un triunfo del FLN comparable a las victorias revolucionarias de China y Vietnam.

La prolongada gestión de clanes militares que usufructuaron del poder para su propio beneficio demolió esa herencia. Cuando en la década pasada fueron sorpresivamente derrotados en las elecciones por los islamistas del FIS, desconocieron los comicios y desataron una guerra con infernales masacres en ambos bandos [11].

La conducta del régimen sirio no constituye, por lo tanto, una particularidad de ese país. Repite la trayectoria seguida por procesos que tuvieron un origen semejante y registraron involuciones del mismo tipo.

Destrucciones combinadas, reorganización imperial

La población siria ha quedado entrampada en una confrontación entre un régimen represivo y una oposición plagada de yihadistas y solventada por Estados Unidos y los emiratos. Esta combinación de actores reaccionarios multiplica la tragedia, anulando los impulsos de lucha por la democracia y las mejoras sociales.

Lo ocurrido en el Líbano y Argelia brinda una pauta de esta perspectiva. Al cabo de muchos de años de confrontaciones entre bandos regresivos, la población quedó agotada y sin disposición para participar en la primavera.

Irak ofrece otro categórico retrato de esta combinación de sucesiones destructivas. La primera demolición del país fue realizada por Sadam con matanzas de kurdos y aventuras externas contra Irán instigadas por Estados Unidos. La segunda devastación fue consumada por Bush, que legó un dantesco escenario de aniquilamiento social. Nadie sabe el número de víctimas, pero algunas estimaciones indican 600.000 muertos, cuatro millones desplazados y dos millones exiliados.

La tercera destrucción está en curso a través de una guerra sectario-confesional que genera decenas de muertos diarios. Chiitas y sunitas dirimen supremacía en un laberinto de disputas clientelares, que se procesa con voladuras de edificios y diseminación de coches-bomba [12].

Si en Siria prevalece cualquiera de estas variantes del desangre reaccionario, el país perderá su rol geopolítico internacional y ningún contrincante propiciará el mantenimiento del estado nacional unificado. En ese caso se afianzará la misma fractura en tres partes que se observa en Irak. Estas divisiones en micro-estados confesionales resucitarían la cirugía colonial que padeció de Siria, cuando su territorio fue repartido entre Francia e Inglaterra [13].

El colapso de países bajo el doble efecto de agresiones imperialistas e invasiones fundamentalistas es una tendencia que también salió a flote recientemente en Mali. Varias columnas yihdistas llegadas desde Libia derrotaron al ejército local e intentaron capturar todo el territorio. Francia reactivó sus reflejos coloniales y despachó tropas para auxiliar a los asediados gendarmes. Frenó a veteranos brigadistas de Afganistán y Argelia, pero no ha ganado la partida.

Todos esperan el próximo round en una región africana plagada de hambrunas y con cuantiosas riquezas minerales. Francia controla el uranio que utiliza para abastecer su sistema energético, pero hay un gran botín en disputa [14].

Algunos analistas estiman que en este escenario las grandes potencias pierden peso, frente a nuevos jugadores económicos y actores multipolares. El retroceso de Estados Unidos es visto como el principal resultado de este cambio. Pero habrá que ver cuán prologando será el repliegue de la única potencia con capacidad militar para ordenar el funcionamiento del capitalismo global.

Estados Unidos fracasó en su intento colonial de apoderarse del petróleo iraquí. Pero dejó una sociedad descalabrada y sin recursos para gestionar ese recurso. El país ha perdido autonomía en todos los terrenos.

El sheriff del planeta aprovecha la coyuntura actual para reorganizar su intervención militar. Busca reemplazar la acción de los marines por la utilización de drones y misiles. Jerarquiza otras regiones (Asia, el Pacífico), privatiza la acción bélica, incrementa el espionaje y privilegia las operaciones encubiertas [15].

Mediante este reajuste Washington reordena su guerra perpetua contra el mundo árabe. Tiene recortados sus márgenes de intervención, pero no sufrió una derrota comparable a Vietnam. No es lo mismo retroceder frente a una revolución socialista, que replegarse ante los escenarios caóticos y sin horizontes progresistas que se observan en Irak [16].

La centralidad de Egipto

Afortunadamente el mundo árabe no sólo genera noticias sombrías. La primavera recobra vitalidad en países como Egipto, que pueden definir la tónica general. El epicentro inicial de las rebeliones democráticas mantiene una incidencia decisiva sobre el resto de la región. La gravitación de la clase obrera puede aportar, además, otro perfil social a esa batalla.

En Egipto se registró el principal triunfo de la primavera con la movilización que enterró al tirano Mubarak. El ejército asumió inmediatamente el gobierno para preservar los intereses de las clases dominantes. Actúa como un emporio económico estrechamente asociado al Pentágono, pero mantiene el prestigio logrado durante las guerras contra Israel.

Ese protagonismo político le permitió a las fuerzas armadas expropiar la sublevación popular y embarcarse en maniobras gatopardistas, para impedir cambios significativos en el régimen político. Después de muchas vacilaciones convocaron a elecciones y aceptaron el triunfo de los Hermanos Musulmanes.

Esa congregación emergió como la única fuerza política organizada, a partir del extendido arraigo de sus redes de asistencia social. El presidente Morsi intentó copiar el modelo turco de islamismo neoliberal, manteniendo la impunidad represiva y el encarcelamiento de opositores. También ratificó los acuerdos con el FMI y los pactos con Israel. Resistió cualquier democratización del estado y preparó un borrador de Constitución repleto de ingredientes totalitarios. Se prohibía incluso a la justicia contradecir cualquier medida gubernamental.

Pero lo gota que rebalsó el vaso fue la islamización compulsiva mediante leyes oscurantistas. Los sectores más extremos (salafistas) emprendieron provocaciones sangrientas contra la minoría de los coptos. La legitimidad del gobierno se esfumó en forma vertiginosa.

En la simbólica plaza Tahir se repitió el estallido de una gran sublevación. El ejército desplazó a Morsi y prometió una nueva transición para atemperar la belicosidad popular. Nuevamente confiscó un gran movimiento de masas para evitar el colapso del estado. Derrocó a un gobierno surgido del sufragio mediante un golpe, disfrazando el perfil clásico de la asonada reaccionaria. Repitieron el libreto de la intervención anterior bajo la presión de un inmenso clamor democrático. Los militares tomaron el gobierno para impedir la concreción de las demandas democráticas desde abajo.

Pero esta vez fueron más allá y descargaron una feroz represión contra los Hermanos Musulmanes. Dispararon contra manifestantes desarmados y asesinaron a 1000 personas. El freno de la islamización forzosa -que exigía un vasto conglomerado de progresistas y laicos- quedó totalmente ensombrecido por esta abominable masacre [17].

Lo ocurrido brindó un nuevo ejemplo del comportamiento reaccionario que tienen los gendarmes enfrentados con el islamismo. En Egipto abrieron el camino para repetir el desangre consumado en Argelia y Siria. Pero hasta ahora gozan de una gran protección diplomática internacional. Como todas las potencias necesitan la estabilidad de Egipto, Estados Unidos hizo la vista gorda, Europa y Rusia se mantuvieron en silencio y Arabia Saudita, Qatar e Israel aprobaron enfáticamente al ejército.

Sólo Turquía levantó la voz y no sólo por el debilitamiento de su proyecto poder regional junto a los Hermanos Musulmanes. El mismo movimiento democrático que congregó a millones de manifestantes en El Cairo irrumpió en Estambul.

lunes, 16 de septiembre de 2013

11 de septiembre de 1973, memoria de Ariel Dorfman: "El día en que todo cambió"

Por Ariel Dorfman *

Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi amigo Claudio Jimeno.

Lo recuerdo ahora tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él en vez de ensañarse conmigo.

Nos conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte. Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.

Como millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones presidenciales de 1970.

Los sueños y la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.

Ya a mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.

De manera que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes 10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9 de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían al crepúsculo.

Claudio asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque, ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.

Y entonces quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto, convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad. Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.

El destino de Claudio prefiguró el de su país.

Nos aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país reclama.

Si bien aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo el mundo.

El legado más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo), acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al “problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto Pinochet de Chile”.

Afortunadamente, Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil, conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su sacrificio no fue enteramente en vano.

Y, sin embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de septiembre de 1973.

Al día siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno más uno.

Esa es la historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar, como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.

Claudio Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.

* Escritor chileno. Su último libro es Entre sueños y traidores: un striptease del exilio.


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