La generalizada oposición que afrontó el bombardeo a Siria
obligó a Obama a cancelar el operativo. El pretexto de las armas químicas no
alcanzó para crear el clima belicista que exigía esa acción. Por eso el
gendarme -que ostenta un insólito premio Nobel de la Paz- aceptó la propuesta
rusa de instaurar un control internacional sobre el arsenal. Pero las
inspecciones en Damasco requerirían un despliegue de tropas que nadie quiere
enviar y un complicado proceso de traslado de armas que todos descartan.
El rechazo al bombardeo fue contundente dentro de Estados
Unidos. Las encuestas ilustraron el descreimiento de la población, luego de la
estafa sufrida con las armas de destrucción masiva de Irak. Tampoco funcionaron
las imágenes del sufrimiento sirio que difundieron los medios.
Ya es sabido que las incursiones de “protección humanitaria”
no se circunscriben a objetivos militares y afectan a la población civil. Hay
cierto desgaste del discurso hipócrita que propaga el principal proveedor
mundial de sustancias químicas. Estados Unidos encubrió recientemente el uso de
fósforo blanco por parte de Israel en Gaza y es culpable de Hiroshima y de los
mutilados de Vietnam.
Obama tampoco logró la cobertura de Naciones Unidas para
disfrazar su matanza con normas de derecho internacional. Las invasiones que
ampara ese organismo nunca son resueltas por la “comunidad internacional”.
Invariablemente emergen de algún contubernio entre las cinco potencias con
derecho a veto en el Consejo de Seguridad.
Los socios tradicionales del sheriff global se negaron esta
vez a repetir el acompañamiento aportado a las invasiones de Irak, Afganistán y
Libia. En el G 20, Estados Unidos sólo obtuvo el apoyo de Francia, Turquía y
Arabia Saudita, frente al llamativo rechazo de Alemania y el repliegue de
Inglaterra.
Pero la suspensión del bombardeo constituye tan sólo un
episodio de la contraofensiva imperial en Medio Oriente. Debe lidiar con la
pérdida de varios dictadores y el deterioro de gobiernos adversarios que
garantizaban la estabilidad regional. Estados Unidos busca contener a sus
rivales, aplastando al mismo tiempo todas las expresiones de resistencia
popular.
En una región explosiva se han intensificado las disputas
entre los imperios, los sub-imperios, los emiratos y las castas militares por
la apropiación del petróleo y el control de las rutas estratégicas. Pero las
potencias occidentales, el islamismo reaccionario y los ejércitos represivos
están conjuntamente embarcados en el entierro de la primavera árabe. Siria
concentra estas múltiples dimensiones del problema.
Multitud de conflictos geopolíticos
En Siria se registró una sublevación con demandas
democráticas semejantes a Egipto o Túnez y se formaron comités populares para
exigir reformas políticas. Pero la respuesta oficial fue brutal y el conflicto
derivó en una guerra civil con rasgos inter-comunitarios. Los yihadistas que se
sumaron a la oposición elevaron el nivel de crueldad y el país quedó desgarrado
en un mar de víctimas.
Este conflicto se agravó por el papel central de Siria en la
región. Su gobierno es un aliado tradicional de Rusia, está asociado con Irán y
se opone a Israel-Estados Unidos. Obama apoya a un sector de la oposición
armada (ELS), pero maneja con cautela la entrega de armas, para evitar su
captura por los yihadistas (Al Nusra, EIIL).
El presidente del imperio busca disciplinar a la enorme
variedad de grupos opositores mediante un juego maquiavélico. No quiere repetir
lo ocurrido en Afganistán, alimentando una fuerza de talibanes bajo la
protección norteamericana. Destruir a un régimen adversario sin alumbrar otro
Bin Laden es la gran dificultad que enfrenta Obama.
Para equilibrar ambos objetivos sostiene a la oposición
cuando pierden terreno y la abandona cuando acumulan victorias. Es la política
del desangre que ha explicitado un conocido estratega [2]. Obama justamente
decidió el bombardeo luego de varios triunfos militares del gobierno. Ese
resultado y no el uso de armas químicas fue “línea roja” que alarmó al
imperialismo.
Pero la intervención fue también concebida como una
advertencia a Rusia, que maneja una base naval en Siria y provee de pertrechos
al gobierno. Se buscó retomar la ofensiva iniciada hace una década con el
ataque a Serbia y el despliegue de misiles en Europa Oriental. Estados Unidos
está empeñado en impedir el resurgimiento de su principal rival de la guerra
fría.
Esta pulseada geopolítica tiene correlatos económicos
directos. Rusia proyecta un gasoducto desde sus yacimientos hasta el
Mediterráneo (South Stream), en competencia con el conducto promovido por
Estados Unidos y los emiratos del Golfo (Nabucco). Siria está ubicada en el
medio de estas redes, como un centro de pasaje y almacenamiento de combustible.
Además, Rusia está directamente interesada en impedir la expansión de los
islamistas en las ex repúblicas soviéticas que rodean sus fronteras [3].
También Turquía afronta serios dilemas frente al estallido
de Siria. Actúa como la principal sub-potencia de la zona, alberga bases de la
OTAN y promueve el debilitamiento de su vecino. Pero al mismo tiempo comparte
con Siria la oposición a la independencia de los kurdos que habitan en ambos territorios.
La guerra de Irak ya abrió el camino para el surgimiento del temido Kurdistán.
El bombardeo a Damasco constituía, además, un sustituto del
postergado ataque a Irán, que continúa desarrollando una política nuclear
independiente. Estados Unidos e Israel han saboteado esa economía, asesinado
científicos y desplegado presiones diplomáticas para frenar el procesamiento
del uranio. Pero no están en condiciones políticas de concretar el bombardeo a
Teherán. El frustrado ataque a Siria era una advertencia a los Ayathollas.
Obama se disponía a repetir la “zona área de exclusión” que
instauró en Libia para preparar la caída de Gadafi. Pero existen significativas
diferencias con ese precedente, puesto que Libia no es un centro del ajedrez
geopolítico internacional. Allí prevaleció la unanimidad imperialista, Rusia
jugó un papel secundario, Irán no fue determinante y las potencias que
financiaron a la oposición se repartieron amigablemente el petróleo. Las
tensiones tribales al interior del estado libio nunca alcanzaron relevancia y
los yihadistas no lograron prosperar frente al control impuesto por la OTAN.
El laberinto sirio induce a Estados Unidos a una
intervención más cuidadosa. Esa cautela genera vacilaciones en las elites
republicanas y demócratas que definen la política exterior e indecisiones en el
Ejecutivo. Por eso el Congreso resistía el bombardeo, repitiendo el escollo que
enfrentó Cameron en el Parlamento inglés.
El margen de acción norteamericano está recortado luego de
la caída de los mandatarios fieles a Occidente (Mubarak, Ben Alí) y el colapso
de sus sustitutos (Morsi). No es fácil restaurar el manejo imperial frente al
eje de Irán-Rusia-Chiitas. Medio Oriente se está incendiando más que de
costumbre y predomina el descontrol sobre sucesos imprevisibles [4].
Frente a estas restricciones Estados Unidos retomó las
negociaciones con Rusia, para consumar una “transición” parecida al cambio de
fachada concertado en Yemen, mediante el desplazamiento del presidente Saleh.
El régimen sirio navega en esta tormenta con su pragmatismo
habitual. Choca con Estados Unidos pero participó en la primera guerra del
Golfo. Confronta con Israel pero disciplina a los palestinos. Rivaliza con
Turquía pero obstruye el Kurdistán. Durante mucho tiempo acantonó tropas en el
Líbano para ordenar las fracciones en conflicto. Pero esta vez enfrenta una
dislocación sin precedentes.
Yihadistas e islamistas
Arabia Saudita y Qatar financian a los batallones más
activos de la oposición siria (FILS) y probablemente apuesten a una ocupación
extranjera, siguiendo el modelo aplicado en el Líbano durante los años 80.
Tienen intereses geopolíticos propios, influyen a través de Al Jazeera en la
formación de la opinión pública y operan a través de vastísimas redes de
caridad islámicas.
Las monarquías del Golfo intervienen, además, con un ojo
puesto en sus propios países. Han reprimido todas las protestas, golpeando
especialmente a los inmigrantes. Arabia Saudita despachó directamente tropas
para aplastar a la mayoría chiita de Bahrein.
Pero las columnas yihadistas que desembarcaron en Siria
(Jabat al Nusrah, EIL) recurren a una intimidación mucho más extrema,
especialmente contra otras confesiones. Los cristianos -que ya abandonaron en
masa Irak- ahora se escapan de Siria.
Los fundamentalistas son reclutados por todo el mundo árabe
y conforman un tejido transfronterizo que se financia con diversos negocios. Se
jactan de los asesinatos perpetrados en Afganistán, Bosnia, Chechenia e Irak y
han decretado una guerra santa contra el laicismo, la acción sindical, los
derechos de las mujeres y las conquistas democráticas. En las zonas bajo su
control restauran códigos medievales de regulación de la vida social.
Los yihadistas cumplen una función semejante al fascismo de
Europa. Conforman una fuerza internacional de terror que utiliza la religión
para restablecer retrógradas jerarquías. Este rol fue visible por primera vez
en los años 80 con la irrupción de los talibanes, que Estados Unidos financió
en Afganistán para destruir un régimen progresista asociado a la URSS.
Con el auxilio directo del estado pakistaní, esos grupos
destrozaron todos los logros de educación, transformación agraria y
modernización cultural, que había introducido un gobierno de izquierda. Los
talibanes se afianzaron posteriormente en Pakistán, creando una gran plataforma
de islamización reaccionaria. De esta red surgió Al Qaeda [5].
Los yihadistas no sólo trasladan a Siria la guerra sectaria
entre sunitas y chiitas que ya desgarró a Irak. También se perfilan como una
atroz amenaza para la clase obrera. Basta registrar sus acciones en Túnez para
notar la magnitud del peligro. Allí declararon una guerra abierta a la central
sindical y asesinaron a un dirigente histórico de la izquierda (Chukri Belaid).
Ese crimen retrató como ambicionan reconstruir el Califato sobre las cenizas de
la organización obrera.
Túnez está en la mira de estas falanges por la vitalidad del
sindicalismo y la izquierda. Allí se desarrolló la irrupción más radical de la
primavera, cuando una rebelión de jóvenes auto-organizados tumbó el régimen
policial de Ben Alí.
El islamismo reaccionario intenta destruir este despertar
político que persiste en Túnez, luego de la victoria electoral de una variante
moderada del islamismo neoliberal (Nahda). Esa corriente gobierna Turquía y
gestionó Egipto durante el breve mandato de Morsi. Rechaza el terror, pero
promueve una islamización incompatible con los anhelos democráticos de la
población [6].
Eclipse palestino y auge fundamentalista
La gravitación de los yihadistas es paralela a la tragedia
de los palestinos, que sufren la consolidación de la expansión colonial
israelí. El gobierno sionista bombardeó varias localidades de Siria pero se ha
manejado con cautela. Mantiene un status quo con su detestado vecino en la
frontera del Golán, para taponar Gaza y extender la ocupación de Cisjordania.
Israel quiere fortalecer su predominio, sin afrontar una caótica “libanización”
de Siria. Está muy interesado en eliminar las armas químicas -que su
contrincante acumuló para contrapesar el poder atómico israelí- y que ahora
manejan los dos bandos de la guerra civil.
La estabilidad con Siria ha sido un ingrediente clave para
impedir el surgimiento de un estado palestino en los últimos 20 años. Israel
aprovecha los tratados con Egipto y Jordania (y la cobertura brindada por los
convenios de Oslo) para reforzar su extensión territorial. Como no puede
expulsar abiertamente a los palestinos, ni proceder a su limpieza étnica,
proclama su vocación de negociar mientras multiplica las colonias.
Las áreas palestinas de Cisjordania se reducen diariamente.
Fueron recortadas por un serpenteo de muros, perdieron las fuentes de agua y
están sometidas a un hostigamiento militar que empuja a la emigración. Esta
“des-arabización” ya se ha consumado en los alrededores de Jerusalén, mientras
Gaza ha quedado convertida en un gueto de miseria y olvido [7].
La guerra civil en Siria permite legitimar esta silenciosa
desposesión. Israel afianza entre su población la presentación de los árabes
como “gente incivilizada”, que debe ser “tratada por la fuerza”. Este terrible
mensaje contribuye a contrapesar el descontento social que el año pasado
pusieron de relieve las marchas de 400.000 indignados [8].
Los palestinos no sólo sufren torturas, encarcelamientos,
asesinatos selectivos y el probable envenenamiento de sus dirigentes (como
Arafat). También están acorralados por los gobiernos militares e islámicos que
sucedieron a Mubarak. El encierro de Gaza por los gendarmes egipcios es un
atroz efecto de su sometimiento financiero y militar a Estados Unidos.
Israel también actualiza sus conspiraciones dentro del
ámbito palestino. Incentivó primero a los islamistas contra OLP y promovió
posteriormente una autoridad fantasmal contra el Hamas. La guerra en Siria
induce a nuevas maniobras, puesto que Hamas abandonó su alianza tradicional con
ese país, aceptó financiación de Qatar y tomó partido a favor de la oposición.
En cambio Hezbolah apoya con acciones militares al régimen de Assad. La
pertenencia a la vertiente sunita y a la Hermandad Musulmana en el primer caso,
y la adscripción al eje chiita junto de Irán el segundo, han sido determinantes
de estos alineamientos.
La expansión de los yihadistas en Medio Oriente está
eclipsando la causa palestina como prioridad común del mundo árabe. Frente a
una oleada confesional ha perdido centralidad el gran estandarte anticolonial
de las últimas décadas. Este giro ilustra las dificultades que afrontan en la
región los proyectos progresistas.
Mutaciones regresivas en Siria
El gobierno sirio reaccionó en forma brutal frente a los
reclamos de su población. Estas demandas tienen la misma legitimidad que las
exigencias del pueblo egipcio o tunecino. Son los mismos derechos enarbolados
contra tiranos prohijados por Estados Unidos o enemistados con la primera
potencia.
En Siria no se logró el triunfo alcanzado en los dos países
que iniciaron la primavera. La represión fue más sangrienta. Incluyó disparos a
mansalva, bombardeos de aldeas y asesinatos de familias. Los 100.000 muertos y
millones de refugiados ilustran, además, el perfil intercomunitario que asumió
el conflicto (aluitas, sunitas, chiitas, cristianos).
No es la primera vez que el país sufre este tipo de
tragedias. En 1982 se perpetró una masacre contra las protestas en la región de
Homs. Esos desangres también se registraron en el Líbano. Son represalias en
gran escala que aparecen cuando los choques políticos-sociales se entremezclan
con tensiones étnico-religiosas. Estos desgarramientos forman parte de la
historia regional desde que Turquía masacró a los armenios a principio del
siglo XX.
La conversión de una lucha democrática en una guerra
sectaria -con sectores laicos dispersados a ambos lados de la trinchera- ha
distorsionado el sentido inicial de la sublevación. También acentuó la
dependencia de cada contrincante de su proveedor bélico externo. Esta
injerencia obedece a intereses geopolíticos totalmente ajenos a las exigencias
populares [9].
El régimen actual de Assad no guarda el menor parentesco con
el viejo partido del Baath, que confrontó con el poder religioso para forjar un
estado nacional aglutinante de todas las comunidades. Ese propósito se
desvaneció con la degeneración dinástica, la corrupción de camarillas y el
enriquecimiento de una burguesía que impuso el giro neoliberal de las últimas
décadas [10].
Esta involución se asemeja a lo ocurrido con el régimen de
Sadam Hussein. Compartieron originalmente el mismo tipo de partido político y
desembocaron en la misma criminalidad de estado.
La comparación podría extenderse también a Gadafi, que
debutó con proyectos de reformas sociales y concluyó comandando un gobierno de
clanes mafiosos. Se arrepintió de su pasado panarabista, persiguió militantes,
detuvo inmigrantes africanos y hostilizó a los palestinos. También buscó
congraciarse con Occidente para asegurar los negocios de las compañías
petroleras.
Pero el mayor antecedente de masacres perpetrado por un
régimen de origen antiimperialista se localiza en Argelia durante la década
pasada. Ese sistema político destruyó un legado de historia anticolonial sin
parangón en el mundo árabe, a partir de un triunfo del FLN comparable a las
victorias revolucionarias de China y Vietnam.
La prolongada gestión de clanes militares que usufructuaron
del poder para su propio beneficio demolió esa herencia. Cuando en la década
pasada fueron sorpresivamente derrotados en las elecciones por los islamistas
del FIS, desconocieron los comicios y desataron una guerra con infernales
masacres en ambos bandos [11].
La conducta del régimen sirio no constituye, por lo tanto,
una particularidad de ese país. Repite la trayectoria seguida por procesos que
tuvieron un origen semejante y registraron involuciones del mismo tipo.
Destrucciones combinadas, reorganización imperial
La población siria ha quedado entrampada en una
confrontación entre un régimen represivo y una oposición plagada de yihadistas
y solventada por Estados Unidos y los emiratos. Esta combinación de actores
reaccionarios multiplica la tragedia, anulando los impulsos de lucha por la
democracia y las mejoras sociales.
Lo ocurrido en el Líbano y Argelia brinda una pauta de esta
perspectiva. Al cabo de muchos de años de confrontaciones entre bandos
regresivos, la población quedó agotada y sin disposición para participar en la primavera.
Irak ofrece otro categórico retrato de esta combinación de
sucesiones destructivas. La primera demolición del país fue realizada por Sadam
con matanzas de kurdos y aventuras externas contra Irán instigadas por Estados
Unidos. La segunda devastación fue consumada por Bush, que legó un dantesco
escenario de aniquilamiento social. Nadie sabe el número de víctimas, pero
algunas estimaciones indican 600.000 muertos, cuatro millones desplazados y dos
millones exiliados.
La tercera destrucción está en curso a través de una guerra
sectario-confesional que genera decenas de muertos diarios. Chiitas y sunitas
dirimen supremacía en un laberinto de disputas clientelares, que se procesa con
voladuras de edificios y diseminación de coches-bomba [12].
Si en Siria prevalece cualquiera de estas variantes del
desangre reaccionario, el país perderá su rol geopolítico internacional y
ningún contrincante propiciará el mantenimiento del estado nacional unificado.
En ese caso se afianzará la misma fractura en tres partes que se observa en
Irak. Estas divisiones en micro-estados confesionales resucitarían la cirugía
colonial que padeció de Siria, cuando su territorio fue repartido entre Francia
e Inglaterra [13].
El colapso de países bajo el doble efecto de agresiones
imperialistas e invasiones fundamentalistas es una tendencia que también salió
a flote recientemente en Mali. Varias columnas yihdistas llegadas desde Libia
derrotaron al ejército local e intentaron capturar todo el territorio. Francia
reactivó sus reflejos coloniales y despachó tropas para auxiliar a los
asediados gendarmes. Frenó a veteranos brigadistas de Afganistán y Argelia,
pero no ha ganado la partida.
Todos esperan el próximo round en una región africana
plagada de hambrunas y con cuantiosas riquezas minerales. Francia controla el
uranio que utiliza para abastecer su sistema energético, pero hay un gran botín
en disputa [14].
Algunos analistas estiman que en este escenario las grandes
potencias pierden peso, frente a nuevos jugadores económicos y actores
multipolares. El retroceso de Estados Unidos es visto como el principal
resultado de este cambio. Pero habrá que ver cuán prologando será el repliegue
de la única potencia con capacidad militar para ordenar el funcionamiento del
capitalismo global.
Estados Unidos fracasó en su intento colonial de apoderarse
del petróleo iraquí. Pero dejó una sociedad descalabrada y sin recursos para
gestionar ese recurso. El país ha perdido autonomía en todos los terrenos.
El sheriff del planeta aprovecha la coyuntura actual para
reorganizar su intervención militar. Busca reemplazar la acción de los marines
por la utilización de drones y misiles. Jerarquiza otras regiones (Asia, el
Pacífico), privatiza la acción bélica, incrementa el espionaje y privilegia las
operaciones encubiertas [15].
Mediante este reajuste Washington reordena su guerra
perpetua contra el mundo árabe. Tiene recortados sus márgenes de intervención,
pero no sufrió una derrota comparable a Vietnam. No es lo mismo retroceder
frente a una revolución socialista, que replegarse ante los escenarios caóticos
y sin horizontes progresistas que se observan en Irak [16].
La centralidad de Egipto
Afortunadamente el mundo árabe no sólo genera noticias
sombrías. La primavera recobra vitalidad en países como Egipto, que pueden
definir la tónica general. El epicentro inicial de las rebeliones democráticas
mantiene una incidencia decisiva sobre el resto de la región. La gravitación de
la clase obrera puede aportar, además, otro perfil social a esa batalla.
En Egipto se registró el principal triunfo de la primavera
con la movilización que enterró al tirano Mubarak. El ejército asumió
inmediatamente el gobierno para preservar los intereses de las clases
dominantes. Actúa como un emporio económico estrechamente asociado al
Pentágono, pero mantiene el prestigio logrado durante las guerras contra
Israel.
Ese protagonismo político le permitió a las fuerzas armadas
expropiar la sublevación popular y embarcarse en maniobras gatopardistas, para
impedir cambios significativos en el régimen político. Después de muchas
vacilaciones convocaron a elecciones y aceptaron el triunfo de los Hermanos
Musulmanes.
Esa congregación emergió como la única fuerza política
organizada, a partir del extendido arraigo de sus redes de asistencia social.
El presidente Morsi intentó copiar el modelo turco de islamismo neoliberal,
manteniendo la impunidad represiva y el encarcelamiento de opositores. También
ratificó los acuerdos con el FMI y los pactos con Israel. Resistió cualquier
democratización del estado y preparó un borrador de Constitución repleto de
ingredientes totalitarios. Se prohibía incluso a la justicia contradecir
cualquier medida gubernamental.
Pero lo gota que rebalsó el vaso fue la islamización compulsiva
mediante leyes oscurantistas. Los sectores más extremos (salafistas)
emprendieron provocaciones sangrientas contra la minoría de los coptos. La
legitimidad del gobierno se esfumó en forma vertiginosa.
En la simbólica plaza Tahir se repitió el estallido de una
gran sublevación. El ejército desplazó a Morsi y prometió una nueva transición
para atemperar la belicosidad popular. Nuevamente confiscó un gran movimiento
de masas para evitar el colapso del estado. Derrocó a un gobierno surgido del
sufragio mediante un golpe, disfrazando el perfil clásico de la asonada
reaccionaria. Repitieron el libreto de la intervención anterior bajo la presión
de un inmenso clamor democrático. Los militares tomaron el gobierno para
impedir la concreción de las demandas democráticas desde abajo.
Pero esta vez fueron más allá y descargaron una feroz
represión contra los Hermanos Musulmanes. Dispararon contra manifestantes
desarmados y asesinaron a 1000 personas. El freno de la islamización forzosa
-que exigía un vasto conglomerado de progresistas y laicos- quedó totalmente
ensombrecido por esta abominable masacre [17].
Lo ocurrido brindó un nuevo ejemplo del comportamiento
reaccionario que tienen los gendarmes enfrentados con el islamismo. En Egipto
abrieron el camino para repetir el desangre consumado en Argelia y Siria. Pero
hasta ahora gozan de una gran protección diplomática internacional. Como todas
las potencias necesitan la estabilidad de Egipto, Estados Unidos hizo la vista
gorda, Europa y Rusia se mantuvieron en silencio y Arabia Saudita, Qatar e
Israel aprobaron enfáticamente al ejército.
Sólo Turquía levantó la voz y no sólo por el debilitamiento
de su proyecto poder regional junto a los Hermanos Musulmanes. El mismo
movimiento democrático que congregó a millones de manifestantes en El Cairo
irrumpió en Estambul.